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Mostrando entradas de noviembre, 2020

Príncipe

 Al principio, llegas al mundo como un gran príncipe a una fiesta. Tomas conciencia de que eres especial por la sencilla razón de que tú eres tú y no otro. Si no fueras tú, serías otro. El no ser otro hace que seas tú. Solo tú eres especial, frente a los otros que no pueden ser tú. Y pasan los años. La vida te golpea, te zarandea, te arrastra por el barro como a un mendigo. Acudes a quejarte: quiero hablar con el responsable de esto. El responsable está ocupado, te dicen. Ausente. Siempre. Quiero poner una queja, afirmas con orgullo principesco. Y mientras no dejan de entregarte papeles y papeles para rellenar, largos formularios de cientos y cientos de páginas que vas completando durante horas, días con sus noches, piensas: me las pagarán. Desde luego que me las pagarán.

En la cima

Después de cinco años trabajando en la planta cuarta de las oficinas de la torre Pelli de Sevilla, ayer me comunicaron una gran noticia. Uno de los compañeros del Servicio de Limpieza que trabaja en la planta 36 cayó enfermo, y el gerente me informó que debía sustituirle. Con enorme emoción y vértigo recibí la noticia del ansiado ascenso, y poco me faltó para echarme a llorar delante de él. ¡La planta 36! ¡La segunda planta desde arriba! Solo los privilegiados pueden acceder a esa planta, allí donde están las mejores oficinas de Cajasol, y donde se encuentran los despachos de los Grandes Directivos, de la sevillanía más ilustre. Jamás pensé que llegaría tan lejos, que volaría tan alto, y casi con culpabilidad deseé que lo de mi compañero fuera algo grave, o a los de la empresa no se les ocurriera contratar a otro trabajador. Así que hoy planché con esmero mi mejor traje, y limpié a fondo todos mis instrumentos de trabajo (la escoba y el recogedor bien limpios, la fregona recién cambiad

Mandarinas

  Hoy me ha sucedido una cosa increíble. Mi compañera de trabajo, con la que me llevo muy bien por cierto (una persona bondadosa e inteligente) me ha traído una mandarina. Era una mandarina algo deforme, un poco achaparrada, pero una mandarina al fin y al cabo. Me he quedado casi sin palabras. Por supuesto, se lo he agradecido y luego la he disfrutado mucho (parecía poca cosa, pero tenía el justo punto de acidez que me gusta). Y me la iba comiendo, y no dejaba de darle vueltas. Ella se podría haber traído una mandarina, pero en cambio se ha traído nada menos que dos mandarinas (una para ella, y otra para mí). Yo no dejaba de mirarla atónito (a la mandarina, no a mi compañera). Una mandarina, pensaba con regocijo. Una mandarina, nada menos ¿increíble, verdad? Esos milagros suceden a veces.

Me and the Devil Blues

  El otro día me encontré al diablo mientras paseaba de noche en una de las calles solitarias de mi barrio. Coño, Diablo, ¿cómo tu por aquí, qué se te ha perdido por estas calles del extrarradio, le pregunté? - He venido a pillar, me contestó - ¿A pillar qué, le pregunté? - A pillar, droga, claro y a algún incauto que quiera intercambiar su alma por algún don. Joder, pensé, esta es la mía. Oye, ¿entonces yo podría... ya sabes, vender mi mugrienta o andrajosa alma por el don que más desee? -Sí, coño, lo que quieras. Aprovecha, aprovecha... Por cierto, vigila que no pase la pasma. -Ah, vale... pero... ¿esto se tiene que acordar ya? ¿no podría tener unos días para pensármelo? No quiero precipitarme sobre esta cuestión. Al fin y al cabo, no todos los días...   Total, que nos intercambiamos los teléfonos y me prometió llamarme no sin hacerme firmar un precontrato con cláusula de permanencia.   Una semana más tarde   Acaba de llamar al porterillo el Diablo, acompañado de un notario, y ya