jueves, septiembre 14, 2006

Chéjov

Hace más de un año que empecé este blog (últimamente a una entrada por mes, y es que soy un vago sin remedio), y por fin he podido saldar una deuda conmigo mismo: la de hablar de mi escritor de cuentos favoritos Antón Chéjov.
En realidad todo buen lector debería saldar la deuda que Chejov contrajo con sus propios personajes: la de haberlos convertido en unos miserables y en unos desposeídos... que es a su vez una deuda que todos tenemos con Chejov por descubrirnos a nosotros y enriquecer nuestra conciencia a través de esos micromundos. ¿Mucha deuda veo yo por ahí, no?



Bueno, nos situamos como por arte de magia en la puerta de un hogar de la Rusia de finales del siglo XIX (Os preguntaréis ¿Cómo he podido llegar aquí?... no os preocupéis, no estáis muertos ni nada que se le parezca, son cosas de la fantasía, así que dejadme continuar por favor). Estábamos en el hogar de Yegorusha (¿Hace frío en Rusia? Pregunta un lector... vale, esto ya es demasiado, ¡Fuera! -un lector de este blog es obligado a abandonarlo con una lágrima en la mejilla-)... Bueno, a lo que iba, éste es uno de mis cuentos favoritos de Chejov: el relato largo La Estepa.




La historia es sencilla: un niño es obligado a abandonar su hogar y se marcha con sus tíos a la ciudad para ponerse bajo la protección de un familiar. No hay drama, no hay tragedia... sólo una tela de vida que se resquebraja, una minúscula vida que se quiebra. Ahora acompañamos al niño en su viaje por la estepa, que ocupa todo el relato. ¿Y ya está, pregunta otro lector suspicaz? Pues sí, no hay aventuras, ni persecuciones con indios (o tártaros), ni nada que se la parezca. Sólo un niño y la estepa, un niño y la estepa, un niño y la estepa: seca, silenciosa, solitaria. Una pequeña grieta en una minúscula vida, y un viaje que avanza lentamente. No hay descubrimiento, no hay aprendizaje, pero el mundo parece mudar con la estepa, y frente a ella, nosotros, siguiendo al niño Yegorusha, a quienes se nos va revelando otra naturaleza, que no nos juzga, que no nos interroga, sólo aumenta su presencia, mágica, extraña, casi indiferente, como una luz mudando en una habitación, mostrándonos esa grieta en nuestra máscara, en nuestra minúscula vida.


Ese podría ser el tema de los cuentos de Chejov, si quisierais: el desencanto, en el sentido de pérdida del encantamiento o ilusión que nos mantiene unidos a nuestra vida conocida, segura, previsible. Pero no os desaniméis, porque nuestro escritor (como el médico que era Chejov) no va a querer que ese viaje al desencanto lo hagamos de forma violenta, sino que sabrá protegernos, cuidarnos, con ese cariño con el que trata a los personajes, sin juzgarlos, mostrándoles simplemente su naturaleza, escenificando de una manera tan digna nuestros conflictos, enseñándonos que a pesar de todas nuestras convenciones y rutinas, no somos unos miserables, porque tenemos el don de descubrirnos, de romper el hechizo que nos ata al mundo que nos rodea, el don de desilusionarnos. Es por eso tan triste y hermoso el efecto que nos queda tras ver tanta humanidad despertándose de sus vidas en estos cuentos.

Llegamos a lo que para mí tal vez sea la principal maestría de Chejov, lo que le pone todavía más por encima de otros escritores: la acción interior de los personajes. Gracias al magistral dominio del estilo indirecto se logra una inspección psicológica tremenda. Las variaciones anímicas suspenden o renuevan el contacto con el mundo, la mágica ilusión a la que llamamos vida: pueden ser sensaciones tan humanas como la fatiga del viaje, el sueño, la atracción o curiosidad, la indiferencia, las que logran ese efecto, creando una suspensión entre la conciencia y lo exterior. En un nivel más profundo, esta rigurosa observación psicológica apuesta por una reflexión ética y un cariño hacia todos los personajes, especialmente por los más miserables. Ésa es la belleza de los cuentos de Chejov. En La estepa la conciencia frágil de Yegorusha y el uso del estilo indirecto permiten afianzar esa inspección psicológica volátil de los personajes, abren esa pequeña grieta en el pequeño mundo del propio Yegorusha, de los personajes y del lector. ¿No es algo mágico? así llegamos al final del relato, dejamos a Yegorusha en casa del familiar, cerramos cuidadosamente el libro, lo sostenemos con cuidado, lo colocamos suavemente en la estantería, cuidando de no agitar todavía más esa pequeña vida, la frágil existencia de Yegorusha, su mágica renovación.



Ahora, después de esta revelación que os he dado, pasen por taquilla, vayan a vuestra librería favorita... y pregunten por Chejov, Chekhov (deletreen si es preciso C-H-E-J-O-V si tenéis que dirigiros a alguna especie de librero de centro comercial) y pregunten por algunas de estas tres ediciones (casi) recientes. Para los más menesterosos, les recomiendo la edición de bolsillo de Lumen de 2003 llamada Cuentos imprescindibles editada y prologada por el escritor Richard Ford, con una selección de sus cuentos ordenadas desde 1880 a 1902. No es el mejor Chejov para mi gusto. Algunos de sus primeros cuentos están aún un poco verdes, pero se encuentran algunos cuentos maravillosos como Gente difícil, Champagne: relato de un granuja, El beso, La cigarra, Vecinos, Un ángel y, uno de sus últimos y más populares, La dama del perrito. La segunda es una edición de lujo (vamos, el precio de cuatro cubatas y dos entradas para ir al cine), de la Editorial Alba de 2004 llamada simplemente Cuentos, la más completa por la cantidad de cuentos seleccionados. En la misma editorial también podéis encontrar el relato largo del que os he hablado. La tercera edición es sin duda mi favorita (aunque tampoco es barata, de hecho en proporción al número de cuentos es más cara que la de Alba, parezco un pesetero ya lo sé, no hace falta que murmuréis). Se trata de la de la editorial Pre-Textos (1ª ed., 2001) y también se llama simplemente así: Cuentos. Ésta es una maravilla, os lo juro. Cada uno de los cuentos es de una maestría absoluta (una medalla para el selector José Muñoz Millanes): El profesor de ruso, En casa de los amigos, Casa con desván, La onomástica (amargísimo) o La novia (tal vez el cuento más redentor que ha escrito Chejov, a pesar de ser otra pieza de la desilusión) son todos imprescindibles. Una última confesión: seguro que si leéis a Chejov no vais a tiraros de los cabellos (o de las orejas si estáis ya calvitos) por la certidumbre de que nunca vais a escribir un relato así (bueno, no os desaniméis, tampoco sabéis lo que las musas o el diablo pueden hacer por vosotros), porque esa pérdida es mucho menos pequeña comparada con lo que podéis ganar: ser unos privilegiados lectores, y haber saldado la deuda con Yegorusha.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/rus/chejov/ac.htm

Jose M. dijo...

chejov es indiscutible; también hay que leer a uno de sus nietos, bunin...o a la rama de la familia en las américas, carver, tobias wolf, etc...

Diego Zúñiga dijo...

Sí, hay que leer a Chejov y a su herederos: Carver, Cheever, Ford y varios norteamericanos más...
Saludos.

gaeda dijo...

CHéJOV

siloam dijo...

pues sí, que grades ratos con Céjov (ni frío sentí, :))

Anónimo dijo...

mIRA TU CORREO JORGE, CORRE, SI NO ES YA TARDE. NO TE ASUSTES TAMPOCO. lOS YUSEPES