lunes, abril 07, 2008

Películas decadentes favoritas. I



Comienzo un apartado de una serie de recomendaciones de películas maravillosas e hiperdecadentes de esas que dan ganas de ver un sábado por la noche, cuando todos tus amigos han optado por salir, y tú no tienes ganas porque: a) Llueve o ventea o hace frío b) aún le debes dinero a tu hermana, y amenaza con chivarse a tus padres con algún sonrojante episodio clandestino, si no se lo devuelves ya... con intereses c) la cena te ha sabido asquerosa porque aún te dura la resaca del viernes d) eres como yo, y ya te sientes mayorcito para irte todos los sábados de copeo. Bueno, cualquier pretexto es bueno para ver una película de uno de mis directores favoritos: Paul Thomas Anderson (director de la magnífica Magnolia). Para los que no la hayan visto, debo decirles que es un homenaje al cine porno de los setenta, y a la crisis de esa industria a finales de los setenta y comienzos de los ochenta con la irrupción del formato vídeo. Y para los mitómanos, decirles que encontrarán aquí reunidos a la cantera de los grandes actores de nuestra generación (cito de memoria, que tiene más mérito: Phillip Seymour Hoffman, Julianne Moore, John C. Reilly, William H. Macy, Melora Walters, Alfred Molina o Heather Graham... y por supuesto ¡Dirk Diggler! (Mark Walberg), y Burt Reynolds (¿o era Tom Selleck? Siempre los confundo, da igual).


Aviso: la película es de lo más deprimente que veréis nunca, aunque, al igual que ocurre en Magnolia, de forma menos expresa, mantiene siempre un tono y una mirada paternal y cariñosa y, sobre todo, muestra un gran ingenio en recrear con mucha gracia y sincero homenaje (nada de reírse a lo listillo como nos tienen acostumbrado tantos seudoartistas cool y programas televisivos de ahora) a una época dorada, donde había tantas ganas de hacer cosas y tanta inocencia. Es el equivalente a las canciones de Abba, al sonido Philadelphia o el pop sintético de los ochenta. Yo la he visto al menos quinientas veces (bueno, algo menos, tres o cuatro veces), y cada día me parece más patética y me vuelve más loco. ¿Escenas memorables? bueno, el encuentro entre los personajes de Walberg y Reilly, y sus rápidas conexiones intelectuales (levantamiento de pesas, saltos a la piscina...); o los intentos de estos actores por hacer series de películas de acción con pretensiones autoriales (¡el genial Brock Landers!) y por entrar en el negocio de la música (que recuerdan tristemente al que tuvieron Pancho y Javi de verano azul); las idas y venidas del actor negro, interpretado por Don Cheadle (un tipo obsesionado con el country!!!) por montar un negocio de equipos de música estéreo; o los chanchullos en la casa de Alfred Molina envuelta en un espeso aroma de retrolux, es decir, iluminación de peli porno ochentera, atronadora música AOR también de los ochenta -sí, de esas con hombreras enormes y puño levantado- , chaquetas blancas sin abotonar, y criados asiáticos que explotan petardos de a cincuenta... y mucha coca, por supuesto.

Os dejo una escena de esas películas de calidad del genial Brock Landers y su escudero fiel que os he mencionado, para que no digáis que soy un exagerado. No os perdáis el minuto final y la pinta escandalosa de John C. Reilly (¿como se mete un vídeo de Youtube?, un segundo, que investige y ahora os lo pongo...)



Vale, al final era fácil pero he tenido que pedir ayuda para embeberlo (como se dice ahora)

Otra cosa: La música, y las canciones, como siempre en las películas de Anderson, son chulísimas: entre otras, suenan el "God Only Knows" de The Beach Boys, o el "Livin' Thing" de la ELO y, claro, mucha música soul y disco de los 70. Y como viene mostrando en todas sus películas (Magnolia, Punch-Drunk Love, o There Will Be Blood), es uno de los directores con más sentido musical del presente, en un sentido amplio: montaje, ritmo, música, bla, bla, bla (al fin y al cabo, no quiero que se note que de cuestiones técnicas no tengo ni idea). Nada más, os recomiendo de corazón que la veáis, seguro que la tiene algún videoclub cercano (si no, os la compráis, qué coño). Y, por supuesto, vedla un sábado por la noche.

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