viernes, marzo 03, 2006

Dongs of sevotion

"la música no te salvará de nada salvo del silencio"
PIANO MAGIC

He seleccionado de mi discoteca a cuatro de mis artistas favoritos: Mark Hollis, Mark Kozelek, Matt Ward y Matt Elliott, con la intención de compartir mi devoción mariana por ellos.
¿Y qué tienen en común? Bueno, además de ser dos Mark y dos Matt (lo cual no tiene importancia, aunque hayan podido influir de forma inconsciente en esta reunión), tienen en común que deleitarán a aquellas naturalezas melancólicas que se solazan en los días grises de invierno (al igual que otros en una mañana de verano en la playa), asistiendo a desnudas ceremonias de silencio, que no se atemorizan cuando ven a los pájaros de la muerte sobrevolar las canciones de Nick Drake, ni cuando oyen las alimañas en la noche en las canciones de Jason Molina, ni se deprimen escuchando las patéticas historias de incestos, asesinatos y monstruos de Will Oldham o Nick Cave, o de mi adorado Bill Callaham de Smog (al que le he pedido prestado el título de este post). Bueno, adonde quiero llegar no es tanto a dar una imagen deprimente o enferma (morbosa habréis pensado, bueno, no os paséis) de gente como yo, sino más bien a enseñar como tras ese mito del artista angustiado, demoníaco o nocturno puede existir un deseo casi erótico, casi místico de plenitud... como un recorrido a las fuentes de la sabiduría, del arte y la religión por los caminos más oscuros (y que algunos escritores dieron testimonio como el Bataille de La literatura y el mal, o el Stefan Zweig de la lucha contra el demonio, o la peregrinación por el desierto del Nuevo testamento) . Es decir, del artista que a través de la exploración por esas regiones más oscuras, han podido dar al pálido lienzo de la vida su color.

MARK HOLLIS




"Before you play two notes learn how to play one note - and don't play one note unless you've got a reason to play it." - Mark Hollis (1998)

La foto (que no puede verse peor, pero me gustaba) y la cita la he cogido de Within Without, website dedicado a Mark Hollis.

Mark Hollis era miembro de aquel grupo de los ochenta llamado Talk Talk que equivocaron la autovía del tecno-pop y se adentraron en paisajes tan fantásticos como los de las portadas de sus discos, en especial en sus dos últimos Spirit of Eden (1988), y Laughing Stock (1991), que podían anticipar algo de lo después hicieron algunas bandas de Bristol de los 90 (especialmente Portishead).
Siete años pasaron para que volviera Mark Hollis a invitarnos a escuchar una obra delicada, hecha a fuego lento, tejida con delicados trazos a base de pausas y silencios, y que indagaba en formas expresivas tomadas de la música contemporánea, del jazz, del pop. Las canciones son como planos largos, pájaros suspendidos en un cielo y que invitan a cada nota a liberarse, no la constriñe o la acorrala, la enriquece, permite al que la escucha contemplarlas. Hollis hizo en la música pop de los ochenta, lo que otros músicos hicieron a finales de los sesenta con el folk: pienso en Van Morrison, en Tim Buckley o Joni Mitchell, gracias sobre todo a la devoción que sentían esos músicos por el soul y por el jazz, dándole una textura, un sentido del tiempo al folk; más conocido es el uso del silencio en la música clásica y contemporánea europea que se puede ver en compositores como Schumann, Satie, Mompou o John Cage; y en el cine con directores como Tarkovsky y Ozu, o incluso el asombroso Wong Kar Wai. Las canciones de Hollis son comos los personajes de Ingmar Bergman: actores y comediantes de este mundo a los que el silencio se les abre como una herida, arrebatándoles las palabras.

Hoy, la música de Hollis sigue suspendida en el aire, en un viento de canciones que no cesan, silenciosas, de tocar, lo imagino sentado como en la foto, pensativo, con el jardín al fondo, inclinándose ante su obra, contemplando esta bella tarde, en la oscura penumbra de canciones.

Se podría hacer una historia de silencios en la música pop (y nos acordaríamos del dúo Family y su "soplo en el corazón" o del Miss America de Mary Margaret O'Hara...) tal como hizo en literatura Vila-Matas (en ese hermoso catálogo de ausentes que es Bartleby y compañía).


MARK KOZELEK



Si las canciones de Red House Painters eran como bocanadas de tristeza sobre un corazón herido, inyecciones de rock comatoso en la vena seca de un cuerpo frío, los de Sun Kil Moon poseen un aliento sereno, el calido amor de un hombre al que creíamos condenado en su papel de trovador de nuestras negras noches, de paisajes desolados y desiertos (como los puentes o norias de las portadas de los Pintores de la Casa Roja) .

Tiny Cities es su más bella obra, donde Kozelek nos entrega un hermoso ramo de canciones robadas del jardín de otros, demostrando que nadie es dueño de las canciones.



MATT WARD





Otro extraordinario músico que viene de los Estados Unidos, uno de esos talentos que aprenden a no malgastar su herencia (sobre todo, el rico folclore norteamericano), invirtiéndola y transformándola en un increible tesoro: Andrew Bird, Jim James, Sam Beam, Conort Oberst, Sufjan Stevens.
Lo peor es que se considere su música como un ejercicio de revisión de un guitarrista bien dotado que adapta el folk añejo con denominación de origen (tipo John Fahey) más que a un alquimista de sonidos. Como en la extraña cubierta y título enigmático (la transfiguración de Vincent O'Brien), la música de M. Ward flota en le ambiente como si se moviera entre brumas o entre los muertos. Como un chamán, viaja a los confines del mundo. Objetos, voces, a los que extrae un vibración extraña, estampas robadas de la noche, de los sueños.






MATT ELLIOTT




Nuestro cuarto protagonista es Matt Elliott, al que ya homenajeé aquí. Nacido en Bristol, conocido por su anterior alias The Third Eye Foundation, ha sacado dos discos a su nombre con el que ha ido soltando las anclas con las que la crítica musical satisfacía su afán cartografiador: Bristol, Drum'n'Bass... y adentrándose en un paisaje terrorífico, hermoso desde el fondo de la naturaleza donde pocos seres humanos se adentran, habitando ese decorado como un fantasma.

Si The Mess We Made, su primera obra con su nombre, parecía una excursión por la muerte, Drinking Songs es un peregrinaje por lugares habitados por fantasmas, por las voces y presencias de los muertos que nos hablan. Matt Elliott se asemeja a aquellos personajes de la mitología universal que pactaban con la noche, con los custodios de los muertos en el infierno. Aquel que pagó su moneda para viajar y cantarle a los muertos. Y que ve cómo la ciudad va quedando lejos, el teatro vaciándose de gestos, en una barca que se aleja y, silenciosamente, las olas van horadando la madera, hundiéndose en las negras aguas de la noche.

4 comentarios:

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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