sábado, febrero 11, 2006

El juego de la literatura y la vida



En tres escritores, los tres con el sello de la editorial Anagrama: Ricardo Piglia, Roberto Bolaño y Enrique Vila-Matas; un argentino, un chileno (exiliado) y un español, como el chiste. Lo más apasionante de estos tres es cómo en la narrativa se va fijando una trama portentosa, construyéndose una apasionante geografía y, como toda geografía (arbitraria, justificada por accidentes naturales y políticos), va conformando las fronteras de lo que llamamos vida y lo que llamamos literatura.


PIGLIA

Es el que parece asumir con menos conflictos, y con más inteligencia su condición de ser humano, por decirlo de una manera algo tonta. Me refiero a su pasión como lector y creador, por un lado y la de escritor en el mundo, en la sociedad (o en la polis para entendernos, o tal vez para entendernos menos todavía, da igual) por otro lado. No se atrinchera, ni se refugia de la vida en la literatura o en su estatuto de escritor, sino que dialoga. Asume sin conflictos sus convicciones sociales sin tener que ceder autonomía en la literatura. Es decir, sabe proteger su parcela de escritor y lector sin necesidad de defender su escritura, como trozos de botellas rotas sobre los muros de la literatura, contra la intrusión de lo real, de protegerse del miedo a que la sociedad los asalte, a que los movilicen en el tedio social. La literatura en Piglia es como un amor que no se ve menoscabado por los diálogos amorosos a la luz del patio interior que el escritor mantiene con nuestra fea vecina.

Respiración artificial es su novela más deliciosa, la más divertida: una aventura interpretativa a la que se somete al lector y al alter ego del autor, Emilio Renzi, a través de textos, fuentes (las cartas del pasado y del porvenir, y los propios personajes), y una curiosa cartografía por la literatura e historia argentina (el club social como representación en miniatura de la literatura argentina, la crítica al europeísmo de su cultura). Aquí se encuentran todas las constantes en la escritura de Piglia: la crítica como forma de relato o una variante del género policial, la sociedad vista o leída desde la ficción, desde el complot; la política como conspiración, intriga, enigma (al igual que en su admirado Arlt); el recorrido por las lecturas de los textos, las reescrituras y relecturas a los que los somete (como su admirado Borges); y sus traducciones -"la novela argentina sería una novela polaca: quiero decir una novela polaca traducida a un español futuro, en un café de Buenos Aires por una banda de conspiradores liderados por un apócrifo"- se lee en Formas Breves, homenajeando a su admirado Gombrowicz. Por último, el poeta (y también el lector) como conspirador, en su rechazo del realismo y del sentido común liberal, del pragmatismo y de los lugares ("la escritura es el lugar donde los borradores de la vida son posibles"), a la manera de su admirado Macedonio Fernández. Estas cuestiones también están presentes en sus "ensayos" (editados en Anagrama, en su colección de ensayo Argumentos y en la de narrativas hispánicas, mostrando su género híbrido, y donde el escritor parece sentirse muy cómodo: los recomendables Crítica y ficción, y su última entrega, El último lector.


VILA-MATAS

Vila-Matas, creo, es el más antipático de los tres. Sus novelas parecen girar sobre la extinción del yo, no del yo de la literatura New Age, sino del yo literario, es decir del yo real. Lo que molesta más de su egocentrismo, es que no termina de fijar con autoridad su ego.

Es más o menos así como se integra la literatura en su narrativa (o en su metanarrativa). Sin embargo, aparte de su complejidad formal, de su continua transgresión de los espacios de la novela y del ensayo y del yo real y el yo narrativo, las novelas de Vila-Matas me resultan muy divertidas, supongo que en parte lo pretende. Sobre todo por las fortunas y desventuras por las que pasa el personaje-narrador-autor, por culpa de sus tratos y malos tratos con la escritura (como escritor o como lector), y el continuo sentido del ridículo al que se somete intentando escapar de las deudas contraídas con la literatura. Así sus novelas están llenas de giros caprichosos, siempre deformando la ficción, los personajes, el propio narrador. Moviéndose entre los géneros (el ensayo, la conferencia, la biografía, la falsa, claro) retorciéndolos, falseándolos. De ahí procede ese humor, a veces muy negro, a veces negrísimo, y es donde parece poner a prueba con más ahínco su egocentrismo, donde más disuelve la figura de autor y de personaje. Aunque la gente cree que hay que tener sentido del humor para reírse de uno mismo, yo creo que reírse de uno mismo con humor es lo más difícil. Por momentos parece que Vila-Matas sabe evitar la autocompasión en ese sentido.

En Vila-Matas, más que un diálogo entre el escritor (o el personaje-escritor) y el autor (o el personaje-autor), hay una pelea apasionante, la sensación de estar ahogándose en la camisa de fuerza de la escritura. Hay más un refugio de las inclemencias de la vida en sus textos y en los textos en los que habita. Porque se me ocurre que lo que hace tan atractiva toda su obra es la ansiedad con la que escapa de esa camisa, los juegos y envites con los que se extravía en los textos ajenos, los de sus escritores favoritos, que son a su vez la de escritores ausentes, los más silenciosos, los más ahogados, que también se perdieron en la vida y en la literatura, en otros textos, en otras ficciones en las que reinventaron sus vidas, igual que en un juego de espejos.

París era una fiesta es tal vez mi favorita: una novela sobre el aprendizaje del escritor en París a comienzos de los setenta, cuando estaba escribiendo su novela La asesina ilustrada. También son interesantes sus tres libros sobre la desaparición en la literatura, en el fondo un bellísmo homenaje a la literatura: Bartleby y compañía, El mal de Montano, y Doctor Pasavento.

BOLAÑO

Es el que mejor integra de nuestros tres escritores su amor por la literatura, al menos novelescamente sabe encarnar lo literario. Las creaciones de Archimboldi y de Cesárea Tinajero son admirables. La literatura es más tercera persona, un personaje de ficción, más que un tema (como en Piglia, aunque girando en torno al narrador) o una obsesión psicótica (como en Vila-Matas). Esto se refleja sobre todo en un portentoso dominio de registros, en una humanidad muy irónica en la invención de tipos. Lo que en Vila-Matas refleja con ánimo violento, casi resentido, contra su personaje de escritor, en Bolaño es más picardía, aunque algo dolida: como la de un niño castigado por sus padres que tira piedras a los tejados de las casas vecinas. Hay en toda la obra de Bolaño algo extraño, un anhelo, que no acaba de definirse, pero que en todo caso es velado con un asombroso humor.


De Bolaño creo que su obra maestra es su novela Los detectives salvajes, extraña mezcla de novela de educación sentimental, thriller, y road movie por los desiertos de Sonora. Una obra prodigiosa, de gran profundidad en el tratamiento formal de los espacios (físicos y narrativos), en la construcción de los personajes y del lector (¿qué sabe cada uno de los otros o de sí mismo?) y donde el tiempo avanza, se pierde, se pliega, se desfigura. Hay un gran dominio del lenguaje cinematográfico de la novela, y momentos sobrecogedores, casi de aire de pesadilla, de película de terror. Por ejemplo, cuando se integran el final de la segunda parte (espléndida, donde se muestra todas la riqueza de registros, la polifonía, el estilo directo, el humor, los guiños y juegos biográficos y literarios de Bolaño) con la confesión espeluznante de Amadeo Salvatierra en un ambiente oscuro enrarecido por el cansancio de toda la noche, el alcohol y el espíritu invocado de Cesárea y de su único poema, y el comienzo de la tercera parte, con la prostituta Lupe, el joven aprendiz de poeta Juan García Madero y los realvisceralistas Arturo Belano y Ulises Lima huyendo en un coche por el desierto de Sonora en busca de Cesárea Tinajero, en un ambiente espectral, fantasmal, en el extrarradio de la vida donde se produce el combate entre ésta (la vida real encarnada en Lupe) y la literatura (García Madero). También os recomiendo su novela póstuma 2666, y la colección de textos rescatados en periódicos Entre paréntesis. Ahí está el mejor Bolaño (a pesar de que sus cuentos y sus novelas cortas no están mal), su admirable amor por la literatura, su endiablada ironía.

3 comentarios:

Aniñad'Anas' dijo...

no estamos de acuerdo contigo. Piglia era el más antipático....

kiriakov dijo...

Bueno, sólo a veces, cuando lo chinchábamos

Anónimo dijo...
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